El estudio epidemiológico más reciente en México estima que la prevalencia de episodios de depresión mayor es de 7.8% en la población de entre 18 y 54 años de edad, superada únicamente por la dependencia al alcohol (8.2%). Un estudio previo encontró que los adultos mayores tienden a presentar niveles de depresión más altos que los adultos jóvenes. Hay importantes brechas de información acerca de la depresión entre los ancianos.
Es preciso afinar las técnicas de medición, y se requiere más investigación acerca de factores de riesgo y protección para la depresión, ya que ello puede dar la pauta para establecer áreas de intervención. Atender la depresión entre las personas de edad avanzada puede contribuir significativamente a reducir costos de atención en salud, disminuir la discapacidad, la morbilidad y la mortalidad. Esto generaría importantes ahorros y liberaría recursos que podrían ser dedicados a la atención de otras necesidades de salud.
La depresión puede aumentar el riesgo de enfermedades somáticas y accidentes, puede acelerar o agravar la progresión de deterioro funcional, y puede causar demoras innecesarias en la recuperación de la enfermedad. El cuerpo de evidencia que relaciona la depresión con otros problemas de salud que ya es impresionante. La depresión se ha encontrado para ser asociado con los trastornos de ansiedad, sobre todo con el pánico y la fobia social, abuso de sustancias, suicidio y ataques cardíacos; También, con el aumento de la mortalidad en los jóvenes, en los ancianos y en los pacientes con accidente cerebrovascular deprimidos. Los problemas adicionales asociados con la enfermedad depresiva son respuestas disminuidas inmunológicas, diabetes mellitus, dolor crónico, trastornos gastrointestinales, trastornos somatomorfos, dolores de cabeza de migraña, cáncer, enfermedad de Alzheimer, fracturas de hueso, y varias condiciones neurológicas tales como la enfermedad de Parkinson y accidente cerebrovascular.
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